La infame desolación se apodera de cada uno de los reos gracias a la
monotonía diaria de órdenes y obediencias. Todos los días, a las mismas horas,
se despiertan, se bañan, comen, toman el sol y se duermen; tortura cruel de una historia triste y sin final, el mismo cuento de nunca acabar*. Adentro, entre barrotes, las expresiones son
siempre las mismas; ojos que orbitan perdidamente, como alunizando pensamientos.
Sonrisas fingidas y esforzadas como si los músculos faciales ya no recordaran
ese gesto. Las caras son largas y calladas como si el tiempo les ganara una
batalla.
Pero en los talleres, el oasis semanal donde las órdenes no son rutina y la desobediencia, al menos artística, es posible; los eche nojoda, los eh ave maría y los q´hubo hüevón rompen el silencio de los internos. Entre pinturas, papeles y maderas las miradas parecen aterrizar a ese lugar y esa cultura donde aprendieron su acento. El amazónico recuerda los delfines rosados de su río; el samario los árboles de su sierra nevada. La desolación desaparece por un momento; unas horas donde la batalla la pierde el tiempo.
Artesanías hechas en los talleres de capacitación
en las cárceles El Bosque en Barranquilla y La Rivera en Huila
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* Tomado de la canción, Mi libertad, de Frankie Ruiz





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