Despiertas. A veces temprano, otras veces tarde; pero despiertas
cada día. Y ahí; justo en ese instante, inicias el día con acciones que fluyen
de manera natural e inconsciente. Te levantas, caminas, abrazas, tomas un café,
un desayuno, una ducha… Te crees medio dormido pero creerlo todos los días es
el método malévolo de la rutina. Miras por la ventana, te pones ropa limpia, ves
entre nubes pequeños rayos de luz. Y escuchas. Incluso, desde antes de abrir
los ojos, escuchas. Cuatro o cinco pájaros diferentes, la respiración de
alguien, tus propios pasos, el agua que cae. Porque cada acción tiene sus
propios sonidos y también fluyen naturalmente. La radio, el abrir de una
puerta, el agua que hierve… Y el afuera también; sus vehículos y peatones. Allá, en la calle que llamas, en donde también se extiende tu casa, hay personas que
gritan todas las mañanas. Un grito melódico casi como un coro que se repite con
pequeños intervalo de silencios. Gritan con ritmo y armonía para anunciarse,
para decir que están allí y que se traen algo entre manos. El periódico, plantas,
enceres, comidas, frutas. Gritan ellos; los mismos cada mañana o el mismo día
de la semana. Aunque no los conozcas, ni despiertan contigo, gritan como parte
de tus mañanas.
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¡Colombiano!
¡Tiee-rraMundooooo!
¡Trapero-Escooooooba!
¡Maz-amooror-rra¡